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Félix Torre creció nutrido de inquietudes -es sobrino nieto de Jorge Luis Borges, nieto de Norah-, con sobredosis de lenguaje e indómita verborragia (nunca mejor aplicado el término, porque la clave de su estilo está en el uso que hace de sus tiempos verbales, como si su existencia entera se midiera por ellos). Y, aunque distraiga y deslumbre con ese modo único en cuanto a recursos, juegos, fantasía, coraje, reflexiones, conclusiones y descubrimientos, para darnos de tanto en tanto un mazazo en el alma y desatarnos unas ganas de abrazo que nos parten al medio como a un pollo, cumple con aquello de que toda ópera prima es autobiográfica, más allá de su pudorosa intención. Este libro podría ser una novela, pero también es de poesía y de cuentos. Que busca, que tal vez encuentra. A través de enigmáticos, delirantes y adorables personajes. De alucinantes cambios de clima. De historias que parecieran ir por carriles separados pero son una sola y la misma. De ilustraciones que son un valor agregado por su comunión perfecta con el vuelo desencadenado de la imaginación del lector. De poemas que susurran a los gritos. De una prosa que deja con la boca abierta. De frases tan iluminadoras que no pueden caber en sus jóvenes años y confirman, por lo menos para mí, que las vidas pasadas no se borran del todo. Aconsejo no prestar Cómo domar bestias, y leerlo lápiz -o mejor birome- en mano. Para subrayarlo frenéticamente. Para poder volver a sus revelaciones un millón de veces. Aconsejo también regalarlo mucho, por el bien de la sensibilidad universal.
Bibi Albert
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